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lunes, 16 de julio de 2012

Carl Rehnborg: El Padre de la Industria de las Vitaminas


Este es el tercer articulo de la serie sobre Carl Rehnborg (Carl Rehnborg el Leonardo da Vinci de la Nutrición y Carl Rehnborg: el principio de Nutrilite). He querido extenderme sobre este hombre brillante como un homenaje a sus inquietudes e incesante curiosidad que nos han llevado más allá de las fronteras científicas convencionales, así que hoy les comparto algo más sobre su historia.




A Carl Rehnborg le llevó varios años lograr una distribución exitosa de los suplementos Nutrilite desde que produjera el primer concentrado de plantas para consumo humano en 1934. Con el respaldo financiero que significó esta comercialización exitosa, Carl Rehnborg pudo finalmente consagrarse a lo que más amaba: investigar y dedicar un sinnúmero de horas a mejorar los procesos de hacer extractos vegetales, cómo hacerlos más disponibles dentro del organismo humano, y explorar la obtención de otros extractos.

Era una época en la que, al principio, no existían otras compañías que produjeran suplementos para consumo humano, por lo que la Dra. Artemis Simopoulos, fundadora del The Center for Genetics, Nutrition and Health, y experta en Omega 3, calificó a Carl Rehnborg como el Padre de la Industria de las Vitaminas.

El impacto que tuvo Nutrilite hizo que pronto proliferara la producción de vitaminas llamadas “one-a-day”, (una al día), pero como la misma Dra. Simopoulos observa, ninguna de ellas contenía extractos de plantas. Hechas básicamente con vitaminas sintéticas y escasos minerales, estos suplementos "one-a-day" estaban lejos de cubrir las necesidades de las personas, por lo que Nutrilite se expandió rápidamente. En 1947 Nutrilite llegó a un crecimiento en ventas en el orden de los 2 millones de dólares, y al año siguiente, esta cifra se duplicó.

Carl Rehnborg sabía cuán vitales eran las sustancias presentes en estos extractos de plantas. Muchos años más tarde han sido reconocidas como importantes para la nutrición, y se les conoce como “fitoquímicos” o “fitonutrientes”.


La visión de Carl acerca de la importancia de la nutrición es asombrosa: la comunidad científica de los años 40 decía que las 3 comidas diarias eran suficientes para aportar todo lo necesario para estar sanos. Aún hoy, a pesar de que ya han pasado 70 años, muchos médicos insisten en que no es necesario suplementar la alimentación. Pero las estadísticas no maquillan la realidad: hoy, como entonces, el aumento progresivo de enfermedades crónicas nos revela que carecemos de una protección adecuada.


Acerola. Autor: Eric Gaba (Sting), Wikimedia Commons
Carl Rehnborg perseguía ideas creadoras para ampliar los beneficios que sus productos pudieran aportar. Fue así que descubrió que la cereza acerola, una pequeña fruta muy ácida que se da en regiones tropicales y subtropicales, era muy rica en vitamina C. Hoy sabemos que tiene los mayores de niveles de vitamina C que se conocen en la naturaleza, amén de vitaminas A, B1, B2 y B3, así como bioflavonoides y otros fitonutrientes. 
La acerola contiene una forma de vitamina C que se absorbe muchísimo mejor que la sintética, que es la que comúnmente encontramos en los suplementos comerciales.

Carl deshidrató y concentró esta fruta en su punto de mayor contenido de fitonutrientes, cuando está aún verde, y la agregó al concentrado vegetal que distribuía Nutrilite.
Ésto resultó ser una buena y mala idea a la vez. La acerola enriquecía notablemente el contenido de vitamina C y fitonutrientes del concentrado vegetal, pero se dañaba fácilmente por acción de la humedad. Carl resolvió el problema produciendo una tableta con una cobertura que la hacía más fácil de tragar y al mismo tiempo protegía el delicado concentrado de vegetales de los efectos ambientales.También descubrió que una variedad de lombrices aireaba mejor el compost usado en los cultivos y decidió importarlas para sus granjas.

Arriba: proceso de encapsulado
Abajo: proceso de hacer tabletas

Carl no cesó nunca de investigar y mejorar la calidad de los suplementos Nutrilite. El pensamiento dominante que siempre lo impulsó fue poder restaurar el balance en la nutrición, y los beneficios de sus concentrados vegetales fueron clave indispensable para que lo lograra.


Mytinger y Casselberry usaron estos beneficios para promover la idea de que Nutrilite tenía capacidad de curar enfermedades. Los testimonios de miles de personas que habían mejorado drásticamente su salud sirvieron para apoyar sus folletos "How to get well and stay well" ("cómo ponerse y mantenerse bien"), una de cuyas páginas tenía el encabezado "how to cheat death" ("cómo burlar a la muerte"). 




A Carl, estos folletos lo enojaron muchísimo porque eran afirmaciones exageradas que colocaban a Nutrilite a la par de los curanderos charlatanes ("snake oil doctors") del Siglo XIX, y desvirtuaban su misión de restablecer el balance nutricional que el organismo utilizaba como apoyo vital para luchar contra las enfermedades.


Carl pronto se vio obligado a sustanciar los méritos de los concentrados de plantas, pero tuvo que ir hasta la Corte Suprema para lograr un acuerdo final en el que Nutrilite limitaba sus afirmaciones. Este acuerdo a la larga favoreció el posicionamiento de Nutrilite como un proveedor serio de suplementos nutricionales, ya que permitió colocar información en sus etiquetas acerca de todos los nutrientes que contenían los productos Nutrilite.

A pesar de que la FDA ha atacado a Nutrilite en más de una oportunidad, terminó por prevalecer la idea de Carl Rehnborg de que suplementando correctamente la alimentación, nuestro organismo podía recuperar su capacidad de luchar contra las enfermedades crónicas.
Nunca ha sido esto más verdad que en el día de hoy.

lunes, 17 de octubre de 2011

Nuestro Cuerpo Prehistórico


Me imagino que te quedaste pensando con fastidio acerca de la elección de alimentos y lo que eso significa en tu vida a diario. Tengo un amigo médico odontólogo que siempre dice “todo lo que es bueno y sabroso en esta vida produce diabetes, cáncer, enfermedades cardíacas o SIDA”. Y eso no es verdad.

Imagínate que uno quiera cortar carne con un martillo. O tomar café con un tenedor. O ver televisión metido dentro del mar haciendo submarinismo. ¡Ah, ya sé, me vas a decir que son ridículas las comparaciones! Y lo son, pero quiero destacar con ellas que asumimos que “todo lo sabroso” nos afecta negativamente de alguna manera. En realidad, otros han decidido y nos han enseñado lo que es “sabroso” violando las reglas de cómo fuimos creados.

Glyptodon, Old Drawing, Wikipedia Commons
Nuestro organismo tiene, genéticamente hablando, millones de años. Hasta hace como 10.000 años, vagábamos de un lado para otro, empujados por los cambios de clima y la facilidad de conseguir comida, es decir, siguiendo instintos básicos de supervivencia. No había agricultura, no había comodidades, y pasábamos, con mucha frecuencia, días enteros sin comer. Nuestro cuerpo se volvió experto en sacar el provecho máximo de la caza y pesca, y de la recolección de frutas, nueces y raíces silvestres, y generamos un eficiente sistema de acumulación de grasa en nuestro cuerpo para poder enfrentar, sin morirnos de hambre, los períodos sin comida a la mano. Eso nos dotó de hormonas ahorradoras (insulina) y gastadoras (glucagón) que nuestro organismo ponía en juego para mantenernos vivos.

Genéticamente no hemos avanzado mucho desde entonces. Quizás una de cada 4 personas (o menos), tiene un sistema que maneja estas hormonas de manera “modernizada”. Pero todos los demás seguimos siendo prehistóricos.

Es decir, nuestro cuerpo no dispone de herramientas para manejar alimentos procesados.

Pero vivimos en épocas modernas, manejamos nuestro tiempo según otras agendas (casi nunca las propias, porque hay jefes, tráfico, presiones económicas, etc.), y además tenemos tradiciones y un círculo donde nos movemos que nos enseñan lo que es “sabroso”. Y eso sin entrar en detalles morales con respecto al adoctrinamiento publicitario conque las compañías de alimentos nos bombardean a diario (más sobre eso en próximos artículos).
Los cereales, los jugos, la pastelería, las latas, las grasas trans, la leche, los pesticidas y fertilizantes, (y no voy a seguir abundando en la lista por lo interminable), forman parte de esa vida diaria, pero nuestro cuerpo viene mal equipado para manejarlos.
Y créeme que no estoy implicando que volvamos a la caza y pesca del hombre prehistórico. Pero sí que vayamos a alimentos menos procesados (o nada procesados), lo más orgánicos que nos permita el bolsillo o la disponibilidad, que aprendamos que nos hace mal, y que pasemos la información y la pongamos en acción.

Kalina, Cazador-Recolector, Wikipedia Commons
Gary Taubes hace referencia en sus libros “Good Calories, Bad Calories” y “Why We Get Fat”, a estudios bien serios que ponen en evidencia hechos sorprendentes (para nosotros, los “civilizados”): la acidez, gastritis y úlceras digestivas así como la apendicitis, son afecciones que se presentaban entre los colonizadores, pero no en los indígenas colonizados, hasta el momento en que éstos cambiaban sus dietas; las culturas que mantienen intactas sus costumbres “primitivas” pueden morirse de una infección aguda o un accidente, pero no sufren enfermedades crónicas degenerativas como diabetes, cáncer o artritis.

Así que te invito a que reflexiones sobre lo “sabroso” y empieces a descubrir, llamado a curiosidad por nuestros artículos, qué hay detrás de ese adjetivo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Colesterol: es o no es (peligroso), ese es el dilema

En mi última entrada hicimos una segunda clase de química llamada “el enredo de las grasas”.
Hoy quiero compartir no una tercera clase de química sino la razón de las dos primeras, para empezar con los fundamentos sobre cuáles grasas elegir y cuáles no dentro de nuestra alimentación.

Vayamos un poco hacia la historia 
Para 1947, el investigador Ancel Keys destacó un hecho interesante, ya citado por otros autores, con respecto a que la cantidad de COLESTEROL EN LOS ALIMENTOS NO INFLUÍA EN LOS NIVELES DE COLESTEROL EN LA SANGRE. Según sus propias palabras “el colesterol dietario en sí mismo carece de importancia en todos los niveles de ingesta que se puedan consumir de alimentos naturales.

Para ese entonces, Ancel Keys y sus colegas habían medido el colesterol en la sangre y detallado el consumo de colesterol dentro de los alimentos en más de 400 hombres. No encontraron diferencias en los niveles de colesterol en la sangre entre los que ingerían el mínimo de colesterol y los que ingerían el máximo.

La conclusión fundamental de estos estudios de hace más de 50 años es que eran las grasas las que inducían la enfermedad coronaria, específicamente las saturadas (algunas de ellas, pues otras tenían una ruta metabólica que las llevaba a convertirse en un ácido graso de perfil protector, llamado ácido oleico, el mismo que está presente en más de un 90% dentro del aceite de oliva). Estas grasas fueron acusadas de aumentar los niveles de colesterol en la sangre y de causar enfermedad coronaria.

Unos 10 años después, Ancel Keys y sus colegas alrededor de varios países iniciaron un estudio que abarcó 7 países: Italia, Grecia, Yugoeslavia, Holanda, Finlandia, Japón y Estados Unidos (The Seven Countries Study). Se estudiaron 16 comunidades muy diferentes tanto en sus hábitos alimentarios como en sus niveles de riesgo de enfermedad coronaria, y a pesar de dificultades económicas y geográficas, arrancaron oficialmente en 1964. Los primeros resultados fueron publicados en 1970, y luego cada cinco años hasta que los participantes fallecían o enfermaban.


Gráfica donde se muestra la correlación entre el número de muertes por enfermedad coronaria y el % de grasa saturada presente en la dieta. SEVEN COUNTRIES STUDY.

Había cifras realmente sorprendentes: entre los participantes de Creta (Grecia), la mortalidad por enfermedad coronaria fue de apenas 4 en 686 personas (círculo en amarillo en la gráfica), mientras que en Finlandia hubo 115 muertes entre las 817 personas enroladas en el estudio (círculo en rojo en la gráfica).

Las conclusiones de Ancel Keys fueron dramáticas y tajantes: 
1) los niveles de colesterol predecían el riesgo de enfermedad coronaria
2) la cantidad de grasa saturada presente en la dieta predecía los niveles de colesterol en la sangre y la enfermedad coronaria del corazón (lo cual contradecía totalmente sus primeras observaciones de que la grasa total en la alimentación era la que actuaba como factor de predicción)
3) y  además proponía una nueva idea: que las grasas mono-insaturadas protegían contra la enfermedad coronaria. De esa manera se explicaba, según Ancel Keys, la diferencia de mortalidad entre los leñadores finlandeses (del Este) y los aldeanos de Creta, ya que mientras los primeros consumían 22% de su dieta como grasas saturadas, los de Creta sólo 8%. Y de allí nació la Dieta Mediterránea, promovida intensamente por Ancel Keys y su esposa Margaret (How to Eat Well and Stay Well the Mediterranean Way).

No obstante, si nos vamos en profundidad a los resultados, había contradicciones: ¿por qué los participantes de Creta tenían menos mortalidad coronaria que los japoneses (círculos azules en la gráfica), que comían menos grasa? ¿por qué los leñadores finlandeses del Oeste se morían menos del corazón que los del Este, si tenían dietas y condiciones casi iguales? Y, además, ¿por qué no se estableció una correlación independiente entre el azúcar en la dieta y las muertes coronarias y se dio la explicación de que era por su asociación con las grasas saturadas?

Este estudio estuvo claramente plagado de incongruencias, y sin embargo fundamentó mucho de lo que hoy conocemos como las guías de alimentación a nivel mundial para la protección coronaria y la disminución de riesgo coronario.

Se demonizó a la grasa saturada sin establecer diferencias dentro de sus componentes. Se demonizó el colesterol dentro de la alimentación aunque sólo se demostró una correlación no significativa entre el colesterol que comemos y el que aparece en la sangre: el hígado produce el 80% del colesterol que circula por nuestras arterias y venas y, a menos que haya una enfermedad genética (no frecuente, por cierto), el colesterol que comemos no termina en nuestra sangre.

Los huevos, fuente extraordinaria y natural de proteínas, han sido virtualmente acusados de agravar la ateroesclerosis y ser los causantes de los niveles elevados de colesterol en la sangre, y por ende, de la enfermedad coronaria. Sin embargo, muchos estudios han demostrado que se pueden comer huevos (clara y yema) a diario sin que el colesterol de la yema aumente significativamente nuestro colesterol sanguíneo.

Amigos lectores: la conclusión de este galimatías es que nosotros los médicos no siempre tenemos visión clara sobre los estudios que realizamos (o consultamos) ni nuestras deducciones son siempre acertadas. El colesterol como tal que está presente en nuestra dieta no es el responsable de que tengamos los niveles sanguíneos más altos o más bajos, en realidad nuestro medio interno se encarga de su equilibrio. En cambio, algunos componentes dentro de nuestra alimentación, además de lo genético (lo que llamamos "mal de familia"), si tienen un efecto no sólo en su nivel, sino en la causa real de la enfermedad coronaria. Y el colesterol elevado no es el único o más importante actor en esta enfermedad del corazón, ya que son muchas las personas que tienen enfermedad coronaria con colesterol normal e incluso bajo.

Más sobre el tema en la próxima entrada.

martes, 3 de mayo de 2011

¡Tsunami!...continuación


“En medicina, se presentan a menudo hechos mal observados e indeterminados que constituyen verdaderos obstáculos para la ciencia, porque se los opone diciendo siempre: Es un hecho, hay que admitirlo”.

Escrito por Claude Bernard, biólogo teórico, médico y fisiólogo francés, en “Una Introducción al Estudio de la Medicina Experimental”, 1865

Foto con permiso de:

Mi segunda anécdota tiene que ver con la Paradoja Eisenhower (como la llama Gary Taubes en su libro Good Calories, Bad Calories). La anécdota comienza el 23 de Septiembre de 1955, momento en el que el Presidente Dwight Eisenhower tuvo su primer infarto (tenía 64 años de edad). Para la mayoría de los estadounidenses, el ataque cardíaco de Eisenhower fue una experiencia de aprendizaje acerca de la enfermedad coronaria: se daban dos partes médicas cada día para informar de su salud, y sus médicos dejaron muy en claro que los hombres, particularmente los de edad mediana, debían tomar en cuenta el colesterol y la grasa en sus dietas.
http://www.flickr.com/photos/fdctsevilla/

Sabemos de Eisenhower que no tenía historia familiar de enfermedad cardíaca, que se ejercitaba regularmente, que su peso se mantenía óptimo para el estándar de salud de la época y que había dejado de fumar 6 años antes. Su tensión arterial sólo se elevaba ocasionalmente, su colesterol estaba muy en el rango de lo que aún hoy se considera un valor normal: 165 mg/dl.

Después de este infarto, Eisenhower se sometió a una dieta estricta e hizo que le midieran el colesterol ¡10 veces al año! Sus alimentos tenían muy poca grasa y aún menos colesterol, usaba estrictamente aceites vegetales (maíz, desde 1959) y la recién descubierta margarina (1958). Sin embargo, cuanto más dieta hacía más frustrado se sentía. Cuanto más recortaba sus calorías y ejercicio hacía, más subían su peso y su colesterol.

Para cuando su colesterol, a pesar de haber suprimido quesos y huevos, usar leche descremada y frutas, y comer carne muy ocasionalmente, llegó a 259. Precisamente para esa misma época el fisiólogo de la Universidad de Minnesota Ancel Keys ocupó la portada de la revista Times abogando precisamente por el tipo de dieta “sana para el corazón” en la que Eisenhower había perdido su batalla con el colesterol en los últimos 5 años. Dos semanas más tarde, la Asociación Americana de Cardiología respaldó oficialmente las dietas “low-fat, low-cholesterol” (dietas bajas en grasa y colesterol) como un medio para prevenir la enfermedad cardíaca, a pesar de que los investigadores en el campo estaban en franco desacuerdo en cómo interpretar la evidencia que apoyaba la hipótesis de que la enfermedad era causada por la grasa en la dieta.

Me acuerdo claramente que durante mi segunda residencia en Terapia Intensiva uno de los cardiólogos que pasaba por la UCI comentó que los “huevos no eran dañinos para el corazón” y yo sentí, debo admitir con suma vergüenza hoy día, un profundo desdén por su afirmación. La soberbia de nosotros los médicos es abrumadora, por decir lo menos. Si hubiese llegado a mis oídos la Paradoja Eisenhower, la hubiese considerado como una “experiencia anecdótica” y la habría desestimado sin pensarlo dos veces.

Para ese entonces yo seguía fielmente una dieta bien “low-fat”, hacía ejercicio, pero ya estaba hipertensa y sufría de frecuentes migrañas y gastritis crónica. Mi mamá, una persona delgada, activa, muy moderada en su alimentación, había muerto escasamente un año antes por complicaciones de una cirugía de by-pass coronario. Mi papá había sido hipertenso, todos mis hermanos también eran hipertensos.

La hipótesis de la grasa en la dieta todavía hoy es un fuerte paradigma que no ha podido ser modificado. Después de todo, ¿qué tan ilógico puede sonar que la grasa en nuestras arterias y en el corazón no provenga de las grasas en la comida?

Como sale en las series de televisión:

“TO BE CONTINUED…”
(“continuará…”)





lunes, 2 de mayo de 2011

¡Tsunami!

Está de moda hablar de TSUNAMIS, ya que por las tristes noticias recientes mucha gente conoce el término y lo está aplicando a otros temas que no son los climáticos.
Cortesía de Moss, MorgueFiles Free

En Medicina también aparecen TSUNAMIS que ponen patas para arriba los conceptos y las conductas terapéuticas que los profesionales de la salud (o, más bien, de la enfermedad) hemos sostenido durante mucho tiempo.
El término más corriente es ROMPER PARADIGMAS, pero en ciertos momentos la dimensión de romperlos toma las proporciones de un verdadero TSUNAMI. Y sus efectos pueden ser igualmente devastadores: si los que trabajamos en el área médica y los pacientes no tomamos las medidas adecuadas, como en el TSUNAMI, no sobreviviremos o quedaremos muy afectados.
Bueno, pues un TSUNAMI, cuyo origen se remonta a 1.864  y tomó cierta fuerza en 1972, acaba de ser impulsado por GARY TAUBES, en la revista del NEW YORK TIMES, como lo mencionara en mi última entrada.
Después de leer su extenso artículo (y ver el video del Dr. Lustig y otro del Dr. Christopher Gardner, de la Universidad de Stanford) estuve estudiando por 10 días un montón de material que abarca más de 150 años de investigaciones en nutrición y medicina. Y ahí vino el ¡TSUNAMI!

Durante años, y bajo la hipótesis de que la grasa es dañina para el corazón, hemos insistido INFLEXIBLEMENTE en reducir al mínimo el consumo de grasas dentro de la comida: tenemos casi 60 años de dietas LOW FAT.
Al revisar el material incluido en los libros de Gary Taubes, Loren Cordain, Atkins (sí, el mismo, el de la famosa dieta), y los videos, se hace claro de que NO HAY EVIDENCIA concluyente de que la grasa ni el colesterol dentro de lo que comemos sean los responsables de la epidemia de enfermedad cardiovascular que estamos viviendo.
Esto va en contra de la sabiduría médica tradicional que está cansada de repetirnos que la grasa saturada y el colesterol dentro de la dieta “nos están matando”.

http://www.flickr.com/photos/fdctsevilla/
Me vienen a la mente 2 anécdotas históricas:
La primera tiene que ver con Galileo, quien  aseguró que la tierra no era el centro del universo, lo que generó un conflicto entre el Razonamiento inductivo y el Razonamiento deductivo. El razonamiento inductivo se basaba en la observación de la realidad, propia del método científico que Galileo usó por primera vez, ofreciendo pruebas experimentales de sus afirmaciones, y publicando los resultados para que pudiesen ser repetidas. El razonamiento deductivo parte en última instancia de argumentos basados en la autoridad, que era para la época de Galileo o bien filósofos como Aristóteles o las Sagradas escrituras.
Es decir, de acuerdo a los expertos de su época, Galileo no sólo estaba equivocado, sino que cometía herejía, por lo que bajo amenazas de tortura y muerte (1633), aceptó retractarse.

Sin embargo , su obra cuestionó y resquebrajó los principios sobre los que hasta ese momento se había sustentado el conocimiento e introdujo las bases del método científico que a partir de entonces se fue consolidando, aunque pasaron más de 100 años para que el paradigma fuera modificado, y, finalmente, no fue hasta  1933 que la Iglesia reconoció a Galileo como «el más audaz héroe de la investigación ... sin miedos a lo preestablecido y los riesgos a su camino, ni temor a romper los monumentos»


Te invito a descubrir la segunda anécdota mañana.
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